Si alguien me hubiera preguntado siete meses atrás si creía volver a abrir mi corazón, habría sonreído con incredulidad. No porque no crea en el amor o en la amistad, sino porque me costaba creer que yo pudiera merecerlos. Repetía para mí: “no lo merezco”, como si esa frase pudiera protegerme del miedo. Hoy entiendo que aquella duda no era verdad, sino una herida.
Desde que llegaste, Zoe, me has enseñado con paciencia y ternura que sí merezco ser amado; y, sobre todo, me has recordado que el amor también se demuestra en los detalles sencillos, en la presencia, en el cuidado y en la calma. Gracias, flan, por tomar mi mano sin exigirme perfección.
Sé que no siempre encuentro las palabras precisas. Esa sensibilidad ha sido más tuya que mía. Pero en lo que sí puedo prometerte constancia es en los pequeños actos: en quedarme, en escucharte, en celebrarte y en acompañarte incluso en los días grises.
Quiero que guardes este pequeño regalo como una prueba de lo que eres para mí: mi amor, mi refugio y una de las razones más bonitas de mi presente. Que te recuerde que también mereces amor verdadero, respeto y una complicidad que no se rinda ante las inseguridades.
No miento cuando digo que eres una persona irremplazable para mí. Agradezco cada día que estés en mi vida, y deseo, con todo el corazón, que te quedes aquí por mucho tiempo más.
> vuelves a abrir las otras cajas para descubrir qué sigue.